El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, expresó su preocupación por la debilidad del yen durante su cumbre del 22 de septiembre con la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, en Nueva York, según declaró el 25 de septiembre la ministra de Finanzas de Japón, Satsuki Katayama, que ofreció un relato inusualmente detallado de una conversación que los gobiernos normalmente mantienen confidencial. Takaichi confirmó el intercambio más tarde ese mismo día. "El lado estadounidense dijo que el yen débil estaba creando dificultades para su comercio, y respondí que, como principio general, un yen infravalorado es problemático", declaró a los periodistas, y añadió que no se discutió política monetaria ni fiscal en la reunión y que la postura de política económica de su administración sigue sin cambios.
Katayama dijo que revelaba el intercambio por primera vez tras consultar con la Oficina del Primer Ministro. Según su relato, la discusión de los líderes sobre el tipo de cambio reafirmó la postura compartida entre Estados Unidos y Japón que respaldó su intervención coordinada del 31 de julio, incluido el compromiso de contrarrestar la volatilidad excesiva y los movimientos desordenados del yen. Añadió que ella y el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, seguirían comunicándose estrechamente sobre una serie de asuntos. Horas después de su rueda de prensa, el Ministerio de Finanzas de Japón dijo en un comunicado que Katayama y Bessent habían mantenido una llamada en la que reafirmaron que la infravaloración del yen es motivo de preocupación y acordaron reforzar la cooperación bilateral.
La divisa se movió con rapidez. El yen se fortaleció desde alrededor de 158,60 por dólar hasta cotizar cerca de 157,25 tras las declaraciones de Katayama, según el relato de la sesión de The Straits Times. TradingEconomics situó el dólar en 157,252 al cierre del 25 de septiembre, un descenso diario del 1,02 por ciento, o aproximadamente 1,61 yenes, que puso fin a una racha de cinco sesiones de pérdidas para la divisa japonesa. El movimiento siguió a las comprobaciones de tipos realizadas por las autoridades japonesas el 25 de septiembre, un paso que los estrategas de divisas suelen leer como precursor de una intervención.
La base de comparación es la acción coordinada que ambos gobiernos llevaron a cabo el 31 de julio para apoyar al yen. Esa operación no revirtió la tendencia: el dólar ha seguido subiendo frente al yen y otras divisas principales, impulsado por los sólidos datos económicos de Estados Unidos, una Reserva Federal de línea dura y el repunte de los rendimientos de los bonos estadounidenses. El yen también ha estado presionado por la brecha entre los tipos de interés de Japón y Estados Unidos, y por la factura de importación de energía que Japón paga en dólares.
Esa factura de importación es el canal más claro por el que un yen débil repercute en la política. Un yen más débil eleva el coste de unas importaciones de energía que ya están elevadas por la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, lo que alimenta la preocupación por un exceso de inflación en Japón. Washington tiene una segunda preocupación, más indirecta: una venta desordenada de bonos del Gobierno japonés podría contagiar al mercado del Tesoro estadounidense. El 25 de septiembre, el rendimiento del bono del Gobierno japonés a 10 años de referencia saltó a un máximo de 30 años del 3,115 por ciento, tras una fuerte liquidación en el mercado estadounidense.
La lectura política en torno a la cumbre apunta en la misma dirección. Minoru Kiuchi, el ministro responsable de la revitalización económica y aliado del campo reflacionista de Takaichi, dijo en otra rueda de prensa que la fase de reflación al estilo Abenomics, con relajación monetaria y gasto fiscal ágil, ha terminado. Sus comentarios parecieron responder a la reciente sugerencia de Bessent de que la prioridad de Japón debería ser combatir la inflación en lugar de estimular el crecimiento, una señal de la preocupación estadounidense por lo que considera elementos residuales del Abenomics en las políticas de Takaichi y entre sus aliados políticos.
Lo que las declaraciones no muestran merece decirse con claridad. La cumbre no produjo ningún cambio anunciado en la postura de política del Banco de Japón, ninguna intervención nueva ni ningún compromiso sobre el tamaño o el momento de una futura operación; Takaichi dijo explícitamente que no se discutió la política monetaria ni fiscal. El movimiento del yen el 25 de septiembre no puede atribuirse solo a las declaraciones, porque la fortaleza más amplia del dólar se apoya en datos de Estados Unidos, expectativas sobre la Fed y rendimientos de bonos que son independientes del intercambio entre Tokio y Washington. Lo que el episodio sí establece es que ambos gobiernos describen ahora la infravaloración del yen como una preocupación compartida, y que se han comprometido a seguir hablando de divisas a nivel ministerial. Que eso se traduzca en acción depende del ritmo del descenso del yen, no del tono del comunicado.
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